INGENIERÍA SOCIAL I

LA MULTICULTURALIDAD ES… ¿BUENA?


Nos bombardean a diario desde los medios de comunicación y las redes sociales con muchas ideas (muchas de ellas convenientes –o convenidas– y peligrosas), para que vayan medrando, abriéndose paso poco a poco en nuestros cerebros hasta formar parte del pensamiento generalizado y cotidiano sin que lleguemos a percatarnos de ello.

Hay afirmaciones que están tan sumamente integradas en el discurso generalista –y populista– que incluso llegamos a darlas por hecho. Una de esas afirmaciones consiste en decir que la multiculturalidad es buena. Y yo me pregunto, ¿por qué? Y me atrevo a añadir, ¿seguro? ¿No será que la idea que intentan meternos a presión en la cabeza es más bien que si no estás a favor de la multiculturalidad es que eres un racista consumado? Ante el miedo a ser tachados de racistas o xenófobos, muchas personas prefieren no expresar lo que opinan. Igual sucede con otros temas que iré tratando en futuros artículos.

En primer lugar, aclararé que yo siempre estuve a favor de la multiculturalidad, algo que incluso he abordado en mis obras de manera explícita. No, no soy racista ni xenófobo. No, no creo que una persona valga más que otra por el color de su piel, su origen o su etnia. No, no creo que una vida humana valga más que otra, más bien pienso que estamos donde estamos por un “accidente de nacimiento”, pero esto último es un concepto muy personal. Tampoco voy a hacer mucho más hincapié en estos argumentos, porque al final de estas letras habrá personas que me tacharán igualmente de racista, así que tanto da.

A pesar de no ser racista y de estar abierto a la multiculturalidad, incluso defendiéndola en mis libros, la edad va haciendo que dejes a un lado el idealismo y analices los sucesos con mayor realismo. Por desgracia, no se puede vivir eternamente en el país de la piruleta, y hay realidades que tienen mala solución de seguir por esta vía tortuosa que transitamos. Paso a explicarme.

Algunas personas, por no sé qué razones, piensan que la multiculturalidad es algo ventajoso, bello y fantástico para el desarrollo de la Humanidad. Y vuelvo a preguntar, ¿estamos seguros de eso o repetimos una cantinela como meros papagayos? ¿Te has preguntado alguna vez por qué creemos que la multiculturalidad es beneficiosa? ¿A que va a ser que no…? Desde luego, yo tengo dudas razonables.

En primer lugar, deberíamos aclarar de qué multiculturalidad hablamos. Un italiano, un británico, un australiano, un francés o un japonés pueden tener una cultura muy diferente a la española, por poner varios ejemplos, pero en mayor o menor medida, estamos en la misma senda respecto a los fundamentos básicos, porque entendemos las cosas de una manera similar. ¿Podemos decir lo mismo de un iraní, de un haitiano o de un somalí?

Hay costumbres en países cuyos inmigrantes estamos acogiendo a espuertas que, a buen seguro, no nos parecerían tan positivas si las examinamos de cerca. Pongo por ejemplo la oblación del clítoris, una "costumbre" muy extendida en ciertos países africanos. Cuando esas personas lleguen a España o a Europa, ¿de verdad creemos que van a cambiar radicalmente su parecer? ¿Contamos con que van a comprender que es una barbaridad, así, de la noche a la mañana y por arte de birlibirloque?

Ofrezco otro ejemplo: el sometimiento de la mujer al varón en la mayor parte de países africanos o asiáticos. Son costumbres, ¿verdad?; tradiciones. Cuando lleguen al primer mundo, está claro que comprenderán que sus esposas y las mujeres que les rodean son exactamente equiparables a ellos en derechos y deberes. Por supuesto… Todos contamos con ello. No hablemos ya de la poligamia, por añadir otro caso cercano al ejemplo de este párrafo.

¿Qué tal el hecho de quemar o colgar homosexuales únicamente por existir? ¿Lapidar mujeres por infidelidad (cuando en la mayor parte de los casos ni siquiera han podido escoger esa supuesta “infidelidad”, sino que se tratan más bien de violaciones encubiertas)? ¿Matrimonios entre hombres y niñas menores? Son costumbres de sus culturas, ¿no es cierto? Ni me molestaré en entrar en asuntos religiosos, porque ahí tenemos la papeleta perdida.

¿Todos estos ejemplos de multiculturalidad os parecen maravillosos, ventajosos, bellos y fantásticos para el correcto desarrollo de la Humanidad?

La multiculturalidad y la inmigración están ligados. La inmigración es un problema con muchas vertientes. Un problema humano, en primer lugar. No podemos abandonar a su suerte a los seres humanos, procedan de donde procedan y sean pudientes o miserables. En segundo lugar, es un problema económico y político, pero no nos engañemos, no deja de ser un problema.

En España estamos sensibilizados con este asunto, pues somos frontera natural de Europa con África y es habitual que muchos inmigrantes intenten entrar en Europa a través de nuestra querida Piel de Toro. ¿Es esto un problema? Obviamente, sobre todo cuando ciertos representantes de la Unión Europea critican la entrada, pero también los métodos empleados para que no puedan pasar. Parafraseando una conocida película de acción: “¿Qué pretenden que usemos, palabrotas?”

Hay que tener claro algo, las fronteras son fronteras y lo son por algo. Sí, antes que nadie se adelante, a mí también me gustaría vivir en un mundo que no necesitara fronteras. Del mismo modo que me gustaría vivir en un mundo en el que pudiera dejar la puerta de mi vivienda abierta sin temor a ser robado o asesinado.

Esta es una de las claves. La frontera de un país es como la puerta de un hogar. Y yo me pregunto, ¿todas esas estupendas personas tan humanas y decentes que exigen la abolición de las fronteras viven con las puertas de sus casas abiertas al mundo? ¿Estarían dispuestos a hacerlo? La respuesta es clara, ¿verdad? Igual que no permites la entrada a tu hogar a cualquiera, tampoco podemos permitir la entrada masiva de oleadas de inmigrantes en nuestros países, porque entre la gente buena y decente que solo busca un lugar mejor donde poder residir y prosperar (o donde sencillamente no los maten por pertenecer a una etnia concreta, o los pillen en un fuego cruzado de un conflicto que ni siquiera les importa, etc., etc.) también entrarán personas malvadas, con aviesas intenciones (si no directamente buscando causar daño) y también aquellos que no están preparados para dar el salto de sus culturas ancestrales a las nuestras, algo más evolucionadas (y no siempre mejores por ello). No nos engañemos, amigos, no es oro todo lo que reluce. De la misma manera que no todos los inmigrantes que llegan a Europa son malvados, tampoco todos son buenos o traen las mejores intenciones.

Dicho esto, ¿seguimos pensando que la multiculturalidad es buena? ¿Quién tiene tanto interés en que cale este mensaje en concreto?

Me fastidia profundamente que se juegue con la buena voluntad de la ciudadanía pero, especialmente, me jode que se mienta y engañe a la población refrendando los buenismos que algunos defienden a capa y espada y ocultando algunas realidades, por resultar incómodas.

Vamos con algunos datos recientes. ¿Nadie se ha preguntado por qué los medios de comunicación no se han hecho eco de la oleada de violaciones masivas perpetradas por refugiados en Suecia? Esas mismas violaciones masivas están conllevando una exhaustiva investigación interna en la policía y probablemente costará el puesto a más de un gerifalte y de un político por la ocultación que se ha llevado a cabo con la población sueca. ¿Por qué no se habla de las palizas, robos, violaciones y agresiones que han sufrido trabajadoras sociales e incluso familias de acogida de esos refugiados a lo largo de toda Europa (España incluida)? ¿Por qué no se ofrecen las cifras reales de los crímenes violentos cometidos por inmigrantes en Europa? ¿Por qué se denuncia una supuesta violación grupal perpetrada por españoles, pero se ignora la provocada por musulmanes? De esta última, poco o nada se ha comentado en las televisiones, radios o periódicos. Sencillo, porque a alguien, en algún despacho oscuro y bien custodiado, no le interesa. Esas personas tienen una agenda oculta para todos nosotros, deciden el destino del mundo y, por algún motivo, no les conviene que se desvelen o publiciten según qué cosas. Más bien trabajan para lo contrario por alguna razón que a mí aún se nos escapa, pero ojo, que siempre llevará implícita la ganancia de dinero, la acumulación de poder o una mezcla de ambas. Insisto, ¿quién está detrás de esto y cuáles son sus intereses?

Queridos lectores, es la hora de la ingeniería social, de que la población mundial se auto-convenza de que la multiculturalidad es maravillosa, cueste lo que cueste (sobre todo, porque nos costará a nosotros, no a ellos). Imagino que es fácil cuando resides en una urbanización con seguridad privada y alarmas. Imagino que es sencillo cuando tus hijos e hijas asisten a colegios y universidades privadas en las que se sienten protegidos y seguros. Supongo que cuando se vive totalmente ajeno a la realidad del resto de la población, dictar las normas resulta infinitamente más cómodo.

La multiculturalidad tiene un lado positivo, por supuesto. Claro que sí. Yo mismo, cuando viajo, anhelo mezclarme con otras culturas, absorber conocimientos –positivos–, aprender de sus maneras de vivir, siempre con el mayor respeto hacia el país de acogida y sus habitantes, pero amigos, no nos engañemos, lo hago con personas que juegan en la misma liga que yo, cuando sé que no me van a apedrear por la calle por llevar mangas a la sisa o pantalones cortos, cuando puedo abrazar a un amigo sin temor a que alguien nos tilde de homosexuales y quieran prendernos fuego, darnos una paliza o colgarnos de un mástil, o cuando sé que a mis amigas no las van a violar porque, según sus trasnochados criterios, se visten como “putas”. ¿A que ahora vemos una pequeña (gran) diferencia?

El otro día tuve acceso a un vídeo de una joven española, autónoma, para más señas, que se quejaba de que algunos inmigrantes que acababan de cruzar la frontera (agrediendo a la Guardia Civil, dicho sea de paso), tenían teléfonos móviles de última generación y camisetas oficiales de clubes de fútbol. Me quedé atónito y pensé que no podía ser tal como ella lo relataba, que debía estar equivocada, así que me dediqué a buscar las imágenes y… ¡Caramba! Era cierto. ¿Quiénes son esos inmigrantes que llegan a nuestras costas con camisetas oficiales del Real Madrid o del Barcelona? ¿Quiénes son esos “pobres” inmigrantes que tienen teléfonos móviles mejores (y bastante más caros) que el mío y que, tras lograr colarse en Europa, se mensajean o llaman a familiares y amigos para hacerles saber que han logrado su objetivo? Son esos mismos que tienen dinero para pagar a las mafias que los traen hasta aquí y que después arrojan cal viva o utilizan machetes contra nuestros miembros de la Guardia Civil en las fronteras. Esos que, incomprensiblemente, despiertan la admiración de algunos de nuestros políticos, que no dudan en vitorearlos y tildarlos de héroes. ¿Por qué tienen camisetas oficiales de clubes de fútbol, teléfonos móviles caros y pueden pagar un pasaje que les traiga a Europa? Porque no son los más necesitados de sus países de origen. Atrás quedan los que de verdad precisan nuestra ayuda. Los que no pueden abandonar sus países y mueren de hambre o enfermedad a diario. ¿Es la solución fletar barcos humanitarios para traerlos? (¿Quién costea estos barcos, por cierto?) No. La solución es cambiar las cosas en sus países para que no tengan que venir aquí a buscarse la vida o que, si lo hacen, sea en condiciones óptimas y por voluntad propia. ¿Por qué no intervienen los organismos internacionales en este asunto? De nuevo, la desgraciada respuesta es sencilla: intereses.

Las actuales políticas migratorias son ineficaces. La mayor parte de gobiernos, como el español o el del resto de países europeos, se limitan a poner parches, parches que no salvan la embarcación, sino que tapan la vía de agua momentáneamente.

No voy a comentar en este artículo las ventajas que reciben algunos inmigrantes (cierto es que no todos) al llegar a España. Asistencia sanitaria, casas de acogida, dinero por cada uno de sus hijos, escuela gratuita, trabajos, ayudas, etc. ¿Tratamos así a nuestros propios paisanos? Muchos de ellos se han pasado la vida alimentando las tesorerías que después despilfarran nuestros políticos alegremente y, ojo, ni siquiera pueden recibir un subsidio digno. Os puedo asegurar que conozco de manera personal el caso de algunas personas que no han terminado malviviendo en las calles gracias a la generosidad de aquellos que los rodeaban, al apoyo de las asociaciones diocesanas y de alguna que otra ONG. También sé de algún desdichado caso que, de no ser por el comedor social de las monjas o por alguna asociación caritativa, no tendría nada que llevarse a la boca a diario. Y comprendo perfectamente que estas personas se estén radicalizando o, en el mejor de los casos, estén seriamente enfadados por la diferenciación en el trato que reciben de las instituciones de su propio país, ese que han contribuido a levantar con esfuerzo y que ahora les traiciona sin miramientos.

Los romanos clásicos lo tenían muy claro (y odio coincidir con Donald Trump en nada): los ciudadanos romanos primero. Después, el resto.

La multiculturalidad impide que en una escuela de Huelva se pueda hablar del jamón serrano de la provincia, porque es ofensivo para los hijos de los inmigrantes musulmanes. En serio, ¿es que estamos perdiendo el buen juicio? ¿Alguien se ha molestado en ofrecerles alguna explicación del lugar al que pretenden venir a vivir? ¿Alguien les instruye sobre nuestras costumbres, tradiciones y lengua? ¿Esas que deberían primar sobre cualquier otra venida de fuera? Cuando visitamos una mezquita, por poner un ejemplo, nos obligan a descalzarnos y cubrirnos, ¿verdad? Entonces, ¿alguien me puede aclarar por qué carajo no se puede hablar del jamón serrano en un colegio de Huelva? Y, lo que es más importante, ¿qué será de España dentro de un par de generaciones? Espero que nuestras niñas no tengan que someterse a la oblación del clítoris ni ir cubiertas por la calle, sinceramente, porque eso no es la España libre y democrática que se ha construido con la sangre de muchos en el pasado (no olvidemos este detalle).

Muchas personas tildan de alarmista esta especie de invasión pasiva, invisible, que estamos experimentando. A mí me parece un peligro muy real. Las personas que vienen a convivir con nosotros deberían sentirse orgullosas de adaptarse y abrazar las costumbres del país que los acoge, no exigirnos la imposición de las suyas cuando arriban a nuestras costas. Estamos jugando con dos barajas diferentes a un mismo juego, y eso no funciona. Todo se reduce a un término que no se está aplicando: reciprocidad –que además tiene hasta un principio del mismo nombre reconocido por la ley–.

Decía que la inmigración es un problema con muchas facetas, pero no se nos puede escapar que también tiene una cara política, un aprovechamiento por parte de ciertas fuerzas para ganar votos. Así de lamentable y rastrero es el asunto.

Buenismo contra coherencia y, lo que más odio, mentiras contra realidades que se intentan enmudecer. ¿Es parte de este plan la radicalización de ciertos gobiernos y el auge de la extrema derecha en algunos países? O, por el contrario, ¿es una jugada que les ha salido mal? A mí, personalmente, la radicalización me pone los pelos como escarpias, sea del signo que sea.

En definitiva, estamos ante un asunto complejo, con demasiadas aristas, pero que tendría múltiples soluciones, de tener voluntad real a la hora de tratarlos.

El objeto de este artículo es animarnos a evitar que nadie nos engañe o nos manipule. Seamos libres, busquemos los datos, contrastemos la información y hallemos la verdad por nosotros mismos. Sé que es muy cómodo sentarse en el sillón a observar cualquier noticiario y quedarnos con el mensaje que esa cadena nos transmite, pero no olvidemos que TODAS están manipuladas en mayor o menor medida, en un sentido o en otro, y que al final, el único pensamiento libre es el que nos procuramos nosotros mismos.

Ese librepensamiento es peligroso para aquellos que se sientan en los despachos sombríos, intentando dirigir el destino del mundo. Lo saben, por lo tanto, no les demos lo que anhelan. Piensa por ti mismo y, aunque no siempre aciertes, estarás en el camino de la verdad.

Estos párrafos son incómodos y poco me importa la opinión que algunos puedan formarse de mí, siempre y cuando argumenten los criterios en contra.

Si logro que, aunque solo sea una persona, rompa las barreras de la generalidad y comiencen a ser librepensadores, con ello me daré por satisfecho.

              Y tras todo lo expuesto, te vuelvo a preguntar, para ti, ¿la multiculturalidad es buena?